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Clarice Lispector - Fragmentos de la crónica "Baños de mar"

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  • Bertolt Brecht - A los que vendrán después

    03:10|
  • Bertolt Brecht - A los que vendrán después

    03:10|
    Un mensaje transgeneracional
  • Ricardo Piglia - La honda

    03:43|
    Una pincelada de traición. Un reflejo de la pequeña corrupción del poder en una escena cotidiana compone este cuento de Ricardo Piglia.
  • Milan Kundera - Fragmento de "La insoportable levedad del ser"

    05:42|
    Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes
  • Silvina Ocampo - La soga

    04:24|
    A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: "Toñito, no juegues con la soga". La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor. Si alguien le pedía: “Toñito, préstame la soga”, el muchacho invariablemente contestaba: “No”. A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. ¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes… Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía. Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.
  • Clarice Lispector - Miedo de la liberación

    02:35|
    Si me detengo demasiado mirando Paysage aux oiseaux jaunes (Paisaje de pájaros amarillos), de Klee, nunca más podré echarme atrás. Valor y cobardía son un juego que se juega a cada instante. Asusta la visión tal vez irremediable y que tal vez sea la de la libertad. El hábito que tenemos de mirar a través de las rejas de la prisión, la comodidad que trae aferrarse con las dos manos a las barras frías de hierro. La cobardía nos mata. Pues existen aquéllos para quienes la prisión es seguridad, las barras un apoyo para las manos. Entonces reconozco que conozco pocos hombres libres. Miro de nuevo el paysage y de nuevo reconozco que cobardía y libertad estuvieron en juego. La burguesía total se derrumba si se mira Paysage aux oiseaux jaunes. Mi valor, enteramente posible, me amedrenta. Comienzo incluso a creer que entre los locos hay quienes no lo están. Y que la posibilidad, la que verdaderamente es, no es para ser explicada a un burgués cuadrado. Y a medida que la persona quiera explicar se va enredando con palabras, podrá perder el valor, estará perdiendo la libertad. Les oiseaux jaunes no pide ni siquiera que se lo entienda: ese grado significa más libertad todavía: no tener miedo de no ser comprendido. Mirando la extrema belleza de los pájaros amarillos calculo qué ocurriría si yo perdiera por completo el miedo. La comodidad de la prisión burguesa tantas veces me golpea la cara. Y, antes de aprender a ser libre, yo todo lo aguantaba-sólo para no ser libre.
  • Ma Elena Walsh - De mis tiempos

    03:31|
    En mis tiempos había tiempo.Recuerdo bien que por ejemplola higuera derramaba esparcimientoy una rosa nos durabamucho más que cualquier empleo.Por otra parte las siestasse pedían prestadas a la muerte.Quizás el tiempo era como las frutas,se regalaba a los vecinosdespués de verlo madurar.Se compartía en las veredas,entre abanicos y señoresde sosegada camiseta,mientras parsimoniosamenteiban escobas y veníanamontonándolo como importante.Y la eternidad, sentaditaen su silla de paja, porque sí.Es que era siempre tan tempranoy tan segura la abundancia,la inundación de treguas oportunas,que se guardaba el tiempo en los sombrerosy un día se lo derrochaba todoen un solo saludo, saludando.Uno viajaba en libro a todas partesy visitaba diferentes ocios:el de al lado, el de enfrente, el de las tías.No se había inventadoel maleficio de la prisa, no.De ninguna manera. Los espejosesperaban de sobraque uno peinara su pausado pelo,que uno se terminara de encontrar.El tiempo era un perfume y no veníanadie a medirlo ni guardarlo en cajas.Los trenes todo lo que hacíanera aludirlo en los horarios.Se podía llorar a gustoporque eran lentos los rincones,o quizás porque había aún macetasdonde depositar una lágrimasin que las flores se opusieran.O porque la llovizna hablabaen un idioma sin resentimiento.Todos usaban tiempo y lo perdíamos,cómplices de su lujosa concurrencia,y hasta el hastíoera un modo de ser de los balconesque enternecía delicadamente.Creo que todavía queda un pocode tiempo verdadero, pero lejos.Pero muy lejos, en algunos patios,refugiado en aljibes.Se queda todavía en niños solosque reinan sobre umbralesy en la lustrada majestad del gato.Supongo, ya no sé, nada sabemos.Tiempo sin ser castigo.Yo llegué a conocerlo: está enterradoen lo más vivo de mi corazón.Después vinieron los relojes.